ComentarEnviar a un amigoImprimir Textos Germán De Soler
1. Editorial
Las tertulias de club tras la temporada de verano, una vez todos en casa y con el barco bien amarrado o a punto de invernaje, nos han permitido disfrutar de magníficas narraciones y un sin fin de divertidas experiencias personales de navegación, relatadas por sus protagonistas con la distancia que da respecto a los malos tragos pasados compartir unas jarras de cerveza fresca al amparo de los toldos de la terraza del club.
Más allá de las pequeñas heroicidades o las grandes aventuras de cada uno, hay un tema que es recurrente cada verano: siempre hay alguien que sabe de uno que se quedó sin combustible. Nada de extraordinario en el hecho en sí mismo, y una buena justificación para que en los nuevos contenidos de los exámenes para la obtención de la titulación de PER se haya incluido, en el capítulo de propulsión mecánica de los temarios, el cálculo de la autonomía, y en el examen un posible problema: dada una capacidad de depósito, una velocidad y un consumo/hora, calcular cuántas millas podremos recorrer. Parece fácil. Es incluso obvio que cualquier patrón al mando de una motora o de un velero debería saber calcularlo sin que nadie se lo explique, aunque la realidad demuestre lo contrario. Lo grave, lo que motiva estas líneas muy a nuestro pesar, no es el hecho de quedarse sin combustible sino que quien se queda sin él llame a Salvamento Marítimo, ya sea para que le remolquen o para que le proporcionen el preciado líquido, como si de una gasolinera móvil se tratasen las embarcaciones de salvamento y su dotación –personal altamente formado y especializado- los encargados de la misma. Y conste que no nos referimos a embarcaciones a motor, que no tienen ninguna posibilidad de gobierno sin combustible, con mal tiempo y una costa a sotavento, o con tripulantes enfermos o heridos, que sí justificarían, entre otras circunstancias, por lo demás perfectamente tipificadas, el auxilio.
Lo grave es que nos referimos a veleros...Lo han leído bien: veleros con su mayor y sus velas de proa en perfectas condiciones, con un patrón titulado, con la jarcia y la maniobra en condiciones, a quienes lo único que les faltaba era el viento y la paciencia y lo que les sobraba eran ganas de llegar a tomarse el vermú en tierra. Veleros con todas las letras. Veleros que navegan a vela.Veleros que pueden llegar a puerto con una ligera brisa y después pedirle al marinero o al club que, nunca mejor dicho, les eche un cabo. Ah! Pero para algo están los de salvamento. “Vale –pensará más de uno- Pero ya se lo cobran”. Cierto. El remolque en el mar se puede
cobrar y a quien pida combustible le saldrá muy caro: unos mil euros por el servicio. Lo que también hay que decir es que con toda probabilidad no los pagará de su bolsillo, ya que para eso están las cláusulas adicionales del seguro que cubren esta eventualidad. Allá las aseguradoras si lo consienten, lo firman y se tragan el sapo de la incompetencia del patrón: habrán pagado los litros de gasóleo más caros de la historia de la humanidad. Con todo y la sonrisa entre divertida e irónica que a estas alturas se le estará escapando a alguno por debajo del bigote, lo lamentable es que todavía hoy se den casos en que, sin mediar fugas, roturas o averías en los indicadores, haya quien se quede sin combustible. Y es lamentable porque es este un tema que no solo afecta al uso –legal pero indigno a nuestro criterio- de los medios de salvamento, sino a la seguridad de la tripulación y de los demás barcos. ¿O es que alguien se fiaría de la pericia de un patrón de un velero que se queda sin combustible y llama a salvamento? Más allá del Reglamento Internacional para Prevenir los Abordajes en la Mar que establece las prioridades de paso, me olvidaré del babor-estribor o del barlovento sotavento y desde hoy me mantendré alejado de cualquier vela que aviste. Detrás del timón puede haber un absoluto irresponsable.
1. Editorial
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