NEO 9.000 millas...y seis meses en solitario (y IV)
Saint Martin – Barcelona - La vuelta a casa por el Atlántico
Después de la clásica travesía del Atlántico por los alisios y una temporada de vagabundeo por el Caribe toca la travesía de vuelta, más húmeda, más fría y meteorológicamente más variada que la de ida. Texto y fotos: Joan Delclós.
Llevamos unos cuantos días fondeados en Marigot Bay, a sotavento de Saint Martin, esperando que los alisios rolen un poco al Sur para salir rumbo a Azores ganando tanto Este como se pueda. He coincidido con algunos barcos que vinieron en regata desde España y las sobremesas se alargan en la bañera de uno u otro. La gente del Kaliope, Juan Antonio con el Vagabundo y la tripu del Menenes que están también a la espera de cruzar rumbo a Canarias.
El barco sigue aún bastante lleno de las conservas que compré en Barcelona y espero al último momento para comprar pan, huevos, lechuga y algo de fruta para esta travesía de vuelta que es más húmeda, fría y meteorológicamente “variada” que la ruta de ida. Tengo ganas de seguir deambulando por estas maravillosas islas y es algo pronto para cruzar, pero la caja de abordo está vacía y hay que volver a Europa para llenarla. También estoy ansioso por volver a saltar a mar abierto y voy cada día al internet café a consultar el parte. El 12 de abril parece que se abre una bonita ventana de vientos favorables y sin pensármelo dos veces levo el ancla y salgo de Marigot Bay con todo el trapo arriba rumbo al Norte. Dejamos Anguilla por estribor y Dog Island por babor y se nos abren las 2.200 millas de océano limpio hasta el archipiélago de las Azores.
Con los primeros pantocazos de esta ceñida abierta que debería durar una semana y media, se rompen los soportes del depósito de gasoil que cae estrepitosamente sobre el mamparo de babor y pierdo todo el día trasvasando el oro negro a las garrafas de agua de emergencia. Todo el barco huele a gasoil y paso los primeros días de adaptación mareado, mojado y preocupado por si se rompe algo más.
Quiero hacer rumbo directo al estrecho de Gibraltar pasando por las calmas del centro del anticiclón de las Azores para ahorrarme las ventolinas del Atlántico Norte pero dejaré que los vientos decidan por mí, así que trimo las velas y a Hellen (el piloto de viento) a un descuartelar y me olvido del compás.
Los días van pasando con un viento estable de unos 15 nudos del este-suroeste y el mar lleno de sargazos y carabelas portuguesas. Con un barco como el Neo, ceñir es incluso más cómodo que la popa. Los pantocazos son muy suaves y solo se caen las cosas mal estibadas de estribor. Las de babor están encantadas.
A la espera de una baja
El 21 de abril, mientras dormito en la litera de babor, oigo el ansiado sonido de la caña de pescar soltando carrete. Salto a la banda sin apenas pisar la bañera y empiezo a luchar con un túnido demasiado grande para un sólo comensal. Después de más de una hora de lucha, con el animal vencido y abarloado al Neo, lo saco del agua pasándole el bichero por las agallas. Matar un animal tan grande y con esos ojazos me hace sentir mal pero adoro su sabor y tengo la sana intención de hacer conservas para el resto del viaje.
Después de diez días muy buenos estamos ya a 1.300 millas de Saint Martin y a unas 2.000 de Gibraltar. Voy llamando por radio a todos los barcos que nos encontramos para que me pasen información meteorológica y poder anticiparme si se nos acerca una de estas depresiones que cruzan el Atlántico Norte rumbo a la península. Hoy, un barco de pasajeros (que ha pasado demasiado cerca), el Seven Seas Navigator, me ha dicho que viene una baja por el Oeste que traerá vientos de 35 nudos. Estoy inquieto.
El barómetro empieza a bajar y el viento rola a Sur-Suroeste y finalmente a Oeste. Cae la noche y vamos a 6-7 nudos, sin mayor, sin mesana y poco génova con un Oeste de unos 30 nudos que va subiendo. Hellen lleva el barco perfectamente pero hace algunas guiñadas que, con esta mar bastante formada, pueden ser peligrosas así que me siento al lado de la caña de respeto para rectificar el rumbo cuando Hellen se despista.
Voy mirando hacia popa para anticiparme a las olas cuando veo un muro negro y liso que se acerca. Es una ola mucho más grande que las demás pero parece limpia y sin ganas de romper, así que solo me preocupo cuando veo que estamos surfeando a 16 nudos cuesta abajo. La situación no me gusta nada, el mar y el viento son manejables, vamos a unos seis nudos y a 8-10 en las surfeadas pero ¿qué pasa si esto se pone más feo? No tengo ni idea de si esta depresión empeorará o no. Estoy empapado, muy cansado y empiezo a ser pesimista, a desanimarme. De repente, la caña de respeto se parte en mil pedazos. ¡Mea culpa! Me lo suponía y el refuerzo que le hice no deja de ser una chapuza. Dejo el barco a su suerte y bajo a la cabina de popa para intentar colocar el pistón hidráulico en su sitio. Y aquí estoy, solito a la rueda, mojado, sin piloto de viento y con el ánimo por los suelos, preguntándome por qué me meto en estos líos y esperando que Eolo decida si hundirme más o perdonarme la vida.
No fue una gran depresión ni mucho menos, pero ese día me sentí pequeñito, muy pequeñito. Cuando amainó, arreglé la caña de respeto y puse rumbo a Azores donde no tenía intención de parar. Pero cansado y desanimado, quería hacer las mil millas de Azores a Gibraltar con un buen parte y sin sorpresas.
Los días siguen, húmedos, grises y cada vez más fríos. Paso mucho rato dentro de la cabina releyendo los libros de abordo. Afuera todo es hostil, la lluvia, las olas, el frío y el viento.
Mi estado de ánimo depende de las subidas y bajadas del barómetro y estoy muy pendiente del horizonte.
El 27 de abril, a unas 500 millas de Horta, nos cruzamos con un barco de la armada de los Estados Unidos y les llamo por radio para que me den información meteorológica. Son tan correctos como fríos pero me alegran el día al decirme que no se esperan vientos de más de 25 nudos aunque nos vendrán de cara.
A 100 millas al Oeste de Faial veo ballenas y delfines por todas partes. Llevamos tres días ciñendo a rabiar y ya no queda ni un rincón seco en el barco donde pueda descansar. Parece que el viento viene justo del bar de Peter… Estoy harto de la humedad y el frío.
El día 2 de mayo, después de 19 días de mar, amarramos al muelle de Horta donde me espera una cerveza fresquita, y un buen plato de carne.
Horta-Barcelona
Los días en Horta pasan volando entre cervezas, comilonas y muy buena gente. Infinidad de barcos pasan cada año por aquí para descansar un poco antes de seguir rumbo a casa y todo el mundo dedica unos minutos a pintar un grafiti en estos muelles que, desde Slocum, los han visto pasar a todos.
Nosotros zarpamos el día 5 de mayo con un buen parte que nos acompañará hasta Gibraltar. La travesía más perfecta que puedas imaginarte. 1.100 millas con vientos suaves del oeste que nos empujan hacia el estrecho a cinco nuditos de media, con el cielo despejado y el mar casi en calma.
Aprovecho para subir a la cruceta desde donde puedo ver cómo nos avanzan los atunes, cómo juegan los delfines con la proa del Neo o cómo se alejan las tortugas mientras les grito “¡luchar!, ¡luchar!!”. Estoy pletórico, y doy las gracias a Neptuno gritando a proa y a popa por esta travesía tan maravillosa.
A medida que nos vamos acercando al cabo San Vicente aumenta la intensidad del tráfico y conecto el radar para intentar dormir un poco. Hacia las seis de la mañana del lunes 12 me despierta la alarma del radar. Subo volando a la bañera, arranco el motor y pongo gas a fondo para intentar pasar por la proa de un carguero que se nos hecha encima. Nos pasa a escasos metros de nuestra popa. Me quedo temblando del susto.
En el estrecho
18 de mayo. Ya metidos en pleno estrecho, doy cabezaditas de 15 a 20 minutos pero el tránsito es muy intenso y la alarma del radar no para de sonar. Estoy cansado pero eufórico: estamos llegando a casa. Falta lo más duro para un solitario (el estrecho y la subida del Mediterráneo) pero navego por fin cerca de tierra y puedo parar a descansar cuando quiera.
Las aguas del estrecho están llenas de vida. Vemos tortugas, delfines y una ballena que resopla a escasos centímetros del barco cuando estoy arriba del palo filmando. Nunca había tenido la suerte de ver un monstruo casi tan grande como el barco desde las alturas. Es preciosa pero no me hace mucha gracia que se acerque tanto.
El 19 de mayo a las tantas de la madrugada nos quedamos encalmados a cinco millas del puerto de Almerimar con un mar de fondo muy incómodo y decido poner rumbo a tierra para descansar. ¡Horta-Almerimar en 11 días!
Una vez amarrado el barco en la gasolinera no consigo dormirme y me acerco a uno de los bares de copas de la zona donde me tomo tres cervezas del tirón que harán la función de somnífero a la perfección.
Sopla un poniente de 30-40 nudos durante todo el día y no salimos hasta la mañana siguiente rumbo a Barcelona donde llegaremos el 23 de mayo después de seis meses de vagabundeo mano a mano el Neo y yo…
Este es el último de los artículos en los que el autor, Joan Delclós, ha narrado la preparación de su barco, el Neo, la travesía del Atlántico y su periplo por el Caribe (Ver YATE nº 516-Septiembre 2009; 517-Octubre 2009; y 518-Noviembre 2009). En esta última entrega el autor culmina con la vuelta a casa su singladura de 9.000 millas en una cautivante aventura en solitario.
CONCLUSIONES
Después de 9.000 millas y seis meses deambulando en solitario con el Neo aconsejaría:
- Escoger un barco pequeño para tener problemas pequeños. Un 30 pies es perfecto.
- En la etapa de preparación hay que simplificar radicalmente y trabajar exclusivamente en lo imprescindible.
- El barco nunca estará preparado. Si tú lo estás, zarpa cuanto antes.
- Un buen piloto de viento tiene una autonomía infinita y substituye a generadores, baterías, pilotos automáticos, placas solares... En definitiva, substituye a un montón de problemas.
- En el Caribe es muy cómodo ser autosuficientes y no tener que ir a ninguna marina. Generador eólico, placas solares y un circuito de agua salada. Un buen equipo de fondeo y un buen dinghy.
- Para la vuelta, un buen traje de aguas, un barco estanco y olvidarse de las placas solares porque apenas sale el sol.






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