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PREPARACIÓN DE LA TRAVESÍA OCEÁNICA: EL GRAN SUEÑO

Yate nº 500

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1. Introducción2. La ruta 3. Más información

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Después del aprendizaje y las navegaciones cortas, puede haber llegado el momento de soñar con la preparación de un crucero oceánico, para cruzar el Atlántico o emprender travesías incluso más largas.

Hacer un poco de historia en la navegación oceánica española puede ser pedagógico a la vez que interesante y divertido. Nadie duda de que el paso de gigante en la navegación oceánica en nuestro país lo da Julio Villar, cuando sale desde Barcelona en su Mistral en abril de 1968, para llegar a Lequeitio en el verano de 1972. Por la popa quedaban 38.000 millas náuticas, con escalas en Marruecos, Antillas, Panamá, Galápagos, Tahití, Fidji, Nueva Zelanda, para volver por el océano Índico, Madagascar, Mozambique, Sudáfrica, cabo de Buena Esperanza, Santa Helena y Brasil. Pero lo más importante que nació en esa fantástica travesía fue el libro ¡Eh Petrel!, que influyó sobre una generación de navegantes españoles que no dudan en mencionarlo como referencia, desde cruceristas hasta regatistas como Albert Bargués en su reciente participación en la Barcelona World Race.
A partir de la vuelta al mundo de Julio Villar, la revista Yate, pionera de la náutica en España, empieza a publicar artículos de navegantes españoles que permiten soñar a sus lectores con travesías por el Atlántico y el Pacífico, demostrando que no es necesario ser francés o inglés para realizar proyectos y solventar adversidades. Así, está en nuestro recuerdo el viaje del Pepa Bandera, un West Wind de serie construido en España que vira el cabo de Hornos en sentido este-oeste, para adentrase en la desconocida Patagonia chilena, o las tribulaciones de Francesc Cusí y Jerònia Vidal, ambos periodistas y él colaborador habitual de Yate, que superan unos problemas estructurales en el casco y el timón de su barco y consiguen explorar las Marquesas, Tonga y las Salomón hasta recalar en Sidney. Finalizando la década de los ochenta, ya son muchos los navegantes con pabellón español que surcan los océanos. Pero no podemos dejar de mencionar a los pioneros regatistas: Juan Guiu en su Crisán, un Puma 38 de fabricación nacional, es el primer español en participar en una Transat en solitario, la de 1976; y Joaquín Coello y su esforzada tripulación que consiguen acabar la Whitbread de 1982 en el Licor 43 a pesar de desarbolar en dos ocasiones. El resto ya es más reciente, y por todos es sabido que, con nuestras peculiaridades, la vela oceánica española está presente en el mundo del crucero y la regata a un nivel satisfactorio.

LA ACTUALIDAD
Plantearse una travesía oceánica ya no es una aventura casi a ciegas como la de Julio Villar. Las opciones para preparar una travesía de estas características son muy variadas. Una primera posibilidad es la de prepararla en flota o regata. España es una localización inmejorable para esta opción porque la mayoría de regatas parten desde el sur de Europa, o desde Canarias. Estas regatas las organizan ingleses, franceses y españoles. La idea es sencilla: salir en una misma fecha desde un mismo puerto, sin que el listón competitivo sea muy alto, incluso se permite el uso del motor. De todas las facilidades que da la organización, quizás lo más importante es que el patrón no se enfrenta solo a una travesía de tres mil millas por el Atlántico hasta el Caribe, y además tanto en la salida como en la llegada, la diversión está asegurada por el ambiente festivo que ofrecen las tripulaciones reunidas borda con borda. Este sistema de navegar en rally ha tenido tanto éxito que incluso se realizan vueltas al mundo organizadas. La idea ha supuesto mejoras que eran impensables no hace muchos años: incluso se puede coordinar el transporte de vuelta del barco en un mercante, porque los precios de los fletes se han abaratado, y las compañías navieras dan facilidades para cargar y descargar el barco. Incluso existen mercantes especializados en este tipo de transporte. La navegación en flota permite entonces abaratar el coste de vuelta, porque el pecio se negocia para muchos barcos.
La segunda opción es hacer la travesía de una forma independiente, sin participar en flotillas. Este planteamiento lo prefieren los patrones o armadores que buscan la esencia de la navegación a vela: la independencia y el sentido de libertad que supone no tener un puerto concreto de recalada por la proa ni una fecha inmediata de partida o llegada. Obviamente requiere conocimientos sólidos de navegación, del barco y tener las ideas muy claras. Muchos navegantes optan por una solución mixta: inician el año sabático participando en un rally para luego independizarse en el resto de la ruta por el Caribe, en el retorno o continuando por el mundo.

Podemos hablar de tres planteamientos esquemáticos: la travesía del Atlántico, la vuelta al mundo y un crucero largo. La travesía del Atlántico es la más común. Es innegable la fascinación que produce cruzar desde las Canarias hasta el Caribe, con toda la mitología, la historia y las fantasías que envuelven a esta travesía. Lo ideal es preparar el barco antes del otoño, para dar el salto en el inicio del invierno, cuando se establecen los vientos alisios que permitirán realizar la travesía sin muchos sobresaltos. Una vez en el Caribe las opciones son inmensas, pero lo importante es prever que se ha de iniciar la travesía de vuelta antes de la llegada del verano, para evitar la temida temporada de ciclones tropicales. La ruta de retorno ha de buscar latitudes norte hacia Azores, donde se realiza la consabida parada en el bar de Peter, recalando en Europa en el inicio del verano. Esta travesía presenta muchas ventajas: no es de muy larga duración, tiene una ruta cómoda, exceptuando la vuelta que puede presentar alguna ceñida, recorre zonas muy preparadas para el turismo náutico, y ofrece exotismo y playas paradisíacas.
La vuelta al mundo son ya palabras mayores. La mayoría de cruceristas que la han realizado son unánimes en la duración: como mínimo cuatro años. Se puede acortar o alargar, pero la cifra mágica de cuatro es redonda, porque da tiempo para navegar haciendo coincidir las temporadas buenas de travesía, mientras se disfruta de las recaladas. Incluso permite plantearse estancias largas en zonas donde se puede trabajar y obtener un sustento de vida que refuerce la caja. Estamos hablando entonces no de un año sabático, sino de una filosofía de vida.
Esta duración pone el listón muy alto para el patrón y la tripulación: se requerirá gran experiencia, no ya en navegación, sino también en mantenimiento y logística. O lo que es lo mismo: llegar a ser manitas autosuficientes o disponer de un presupuesto y financiación abultados. Lo mejor, para ser realistas, es conseguir un equilibrio entre las dos cosas, aunque, como hemos dicho, a más de uno se le convierte en un medio de vida. Las ventajas de esta travesía son tan evidentes y envidiables que no las enumeraré, por lo que hablaré de los inconvenientes: su larga duración hace que la tripulación tenga que organizarse concienzudamente. Todos sabemos que de lo que no disponemos actualmente es de tiempo. Una opción es organizar una tripulación base reducida y visitas de amigos o colaboradores por etapas. Los niños, si se apuntan, tendrán que plantearse turnos de estudio con controles en embajadas y consulados, un sistema que la mayoría de los que lo han probado se muestran satisfechos. Sobre todo los niños, que han pasado por la mejor escuela del mundo. El último inconveniente es un síndrome que algunos han acusado: la presión. Años y años explicando que uno se está preparando para dar la vuelta al mundo y cuando llega el momento las cosas no están tan claras, la tripulación muestra objetivos diferentes con el paso del tiempo, o las averías acosan al barco. Un buen consejo es no auto exigirse. Lo importante es navegar, haber soltado amarras. Si no se acaba la vuelta al mundo no pasa nada, las millas navegadas ya han sido suficiente experiencia, sean las que sean.
El crucero largo se puede plantear de dos maneras. Realizar un recorrido que no sea ninguno de los dos anteriores, como puede ser la vuelta al Mediterráneo, la vuelta a Sudamérica, llegar a Groenlandia o fondear en la península Antártica. Y el segundo y quizás mejor: soltar amarras sin un objetivo concreto, con sólo las limitaciones que impongan el tiempo y el presupuesto. De los dos casos, el primero se asemeja mucho a los dos anteriores. El segundo, aunque suene atractivo, tiene un inconveniente: cuando no se dispone de un objetivo concreto la tripulación puede sentirse desmotivada. En el crucero largo se pueden plasmar motivaciones no sólo náuticas: un recorrido largo por el Mediterráneo es una lección de arte e historia que vista desde el mar puede producir momentos inolvidables, sin menospreciar que la navegación por este mar no va a dejar indiferente a la tripulación en lo que respecta a la variedad de vientos y experiencias.

EL BARCO
Como decía un navegante: “¿Cuál es el mejor barco para esta travesía?... el mío, porque es el único que tengo”. La obviedad es más cierta de lo que parece. Si empezamos a dibujar un boceto del barco ideal para la travesía llegaremos un modelo que no seremos capaces de pagar. No puedo evitar pensar en el simpático libro de los Hays, padre e hijo, que en el año 1982 culminan en su velero de ocho metros, el Sparrow, la circunnavegación de Sudamérica doblando el cabo de Hornos, con parada incluida en Jamaica, Galápagos, Pascua, Malvinas, Río de Janeiro, Antigua, Bermudas para finalizar en New London, en la Costa Oeste de EEUU. Un sencillo velero para una gran travesía. Aún así vamos a tener que dar una serie de premisas. La eslora media estará en los doce metros, dejando a cada armador que la amplíe o reduzca según sus posibilidades. Pero cuidado, mucha eslora también tiene inconvenientes: requiere más tripulación, y un buen consejo es no depender de demasiadas manos para maniobrar el barco. La eslora da comodidad, seguridad y volumen, y los nuevos aparejos, enrolladores y pilotos automáticos permiten que veleros de quince metros se maniobren con mucha más facilidad que hace treinta años. Respecto a los materiales de construcción haremos un breve repaso: la fibra de vidrio es el más común, con un presupuesto económico, se ha demostrado muy fiable si el velero está bien construido y no requiere demasiado mantenimiento. El hierro y el aluminio proporcionan una gran seguridad para navegaciones conflictivas, aunque pesan más, no tienen tanta variedad de oferta en el mercado y son más caros excepto en casos de construcción amateur, que entonces pueden presentar problemas de acabado o mantenimiento. La madera es un material excelente que ha funcionado miles de años, pero ha pasado a ser casi un lujo, y requiere un mantenimiento constante. Pero navegar en un casco de madera proporciona una sensación en el paso de ola que no tendrá nada que ver con lo que se siente navegando en barcos construidos con el resto de materiales. Y eso en una navegación oceánica puede tener mucho peso.

EL DISEÑO
Para navegar muchas millas los diseños clásicos dan satisfacciones innegables: los cascos de quillas corridas, con lanzamientos de proa afinados son estables al rumbo, son buenos ceñidores, pasan bien la ola y escupen los rociones evitando que nos salpiquen en bañera. Por otro lado, los diseños modernos también tienen sus ventajas, con bastante mayor volumen interior para una misma eslora, permiten mejor estiba, además de mejorar la acomodación de la tripulación. Sus fondos planos ofrecen buenas navegaciones con vientos portantes. Lo ideal sería encontrar un diseño intermedio que ofrezca lo mejor de las dos opciones.

EL APAREJO
La tendencia actual es la de arbolar un solo palo, con enrolladores en los génovas e incluso en la mayor, que han mejorado enormemente y apenas dan problemas. Pero no es mala idea optar por aparejos en queche o goleta, que tienen el trapo de una forma más distribuida en caso de mal tiempo. Aparejar una trinqueta de garruchos entre el génova y la mayor, el conocido aparejo cutter, es una opción que reportará muchas satisfacciones durante la navegación, además de ser una excelente opción con mal tiempo. Por fin, los queches disponen de bañera central y un amplio camarote en popa que es una distribución muy apreciada por los navegantes oceánicos. Aparejar espinaquer o no hacerlo depende exclusivamente de las preferencias del patrón. Lo cierto es que esta vela complica la maniobra, pero también como dice un buen amigo mío, navegar acaba siendo aburrido, y el espi da muchas satisfacciones, maniobrando, o contemplándolo, siempre que se sea prudente. Las otras opciones son los asimétricos, que hoy en día vienen con enrolladores de quita y pon que facilitan la maniobra.

OTROS EQUIPOS
Sobre la electrónica no vamos a hablar porque necesitaríamos otro artículo, y sólo basta decir que con sus avances la navegación ha entrado en otra dimensión, en la que el navegante oceánico dispone de una información enorme, y lo que es mejor, a buen precio, porque los que ya tenemos una edad recordamos el alto precio de las cartas y los derroteros, publicaciones que todavía utilizamos pero que con un buen GPS plotter completaremos con un presupuesto moderado y sin ocupar mucho espacio. El piloto automático de viento, como complemento a los eléctricos, puede ser un buen aliado en la navegación oceánica a vela, pues consume cero vatios, es robusto, silencioso y fiel. Como las propuestas para la preparación de un crucero oceánico son muy extensas, continuaremos en el siguiente artículo, pero mientras tanto lo importante es que ya hemos iniciado el sueño, en el que la preparación es casi tan bonita como la travesía.

BIBLIOTECA IMPRESCINDIBLE
• ¡Eh, Petrel!. Julio Villar, ed. Juventud.
Una poesía náutica en la que el crucero se empequeñece ante la brillantez del autor para transmitir los estados de ánimo que genera la navegación a vela.

• Navegando en solitario alrededor del mundo. Joshua Slocum, ed. Juventud.
El pionero, pícaro y excelente marino que abrió las puertas a la navegación deportiva oceánica en la historia. Y en solitario.

• Los cuarenta bramadores. Vito Dumas, ed. Juventud.
El argentino Dumas corta las estachas que le frenan las planeadas e inventa la nueva navegación a vela por las latitudes australes. Influye en Moitessier y en el futuro.

• El crucero del Snark. Jack London, ed. Juventud.
Caso original de un gran escritor que prepara la aventura soñada por todos. Real y sincero para un autor mediático de la época.

• Cabo de Hornos a la vela. Bernard Moitessier.
El gurú de la vela oceánica de crucero francesa toma la gran decisión y vuelve a Francia por el cabo de Hornos, tras la estela de Vito Dumas.

• Vida o muerte en la mar. Dougal Robertson, ed. Juventud.
El capitán Robertson salva a su familia de un naufragio y una muerte segura con determinación y pericia marinera. La travesía en balsa y auxiliar son una gesta en pleno siglo XX.

• El jardín de hielo. Josep María Romero, ed. Juventud.
Un velero español en la Antártida, con una tripulación variopinta y colorista que permiten al autor estrenarse en la navegación oceánica como si fuera un sencillo paseo.

• Rumb a un Somni. Francesc Cusí y Jerònia Vidal, ed. Columna.
Parecido al libro de los Hays, porque está escrito a dos manos, la aventura de un matrimonio pionero que consiguió el sueño con abnegación. Para degustar los lectores en catalán.

• Mi viejo y el mar. Hays Hays, ed.
De Viva Voz. Un padre y su hijo nos demuestran que se puede hacer, con pocos dólares pero cumpliendo la norma de que cuanto más loca es la aventura más cuerdo ha de ser el aventurero.

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