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Islas Hébridas: La Europa más virgen
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Gobierna el Eda Fransen uno de los mejores capitanes que uno pueda encontrar para la travesía que nos proponemos. Jaimie Robinson es un ingeniero naval que vive por, de, y para el mar. Este auténtico titán ha reconstruido el barco casi enteramente con sus propias manos. Sólo hay dos elementos que no son de su factura, la rueda del timón y el ancla. El resto, desde las cuadernas hasta el casco, pasando por la arboladura, las cornamusas o el piso de la cubierta, absolutamente todo has sido construido por él, ¡incluso los cabos!. La ruta que nos proponemos seguir nos llevará desde Oban a Skye, pasando por Jura, Islay, Tyree, Coll, Muck y Rum. La primera parte de nuestra singladura es de rumbo al Suroeste; el viento sopla de esta dirección y ralentiza nuestra navegación. El Eda Fransen no es un barco demasiado rápido y le cuesta ceñir por su carena poco profunda, pero por eso mismo resulta muy estable. Llegamos sin más novedad a Jura donde fondeamos y hacemos noche. Se trata de una isla habitada por 200 personas y una población estimada de 5.500 ciervos. La posibilidad de encontrarse con un ser humano es por tanto mucho menor que la de ver uno de estos animales, casi inevitable. Al día siguiente zarpamos con rumbo a Islay, isla de tamaño parecido a Jura que se encuentra junto a esta última. Nos adentramos en el estrecho que separa ambas islas, para amarrar en Port Askaig, al este de Islay. De aquí en adelante la travesía se desarrolla dirección Norte, y tendremos viento de popa y aleta, ya que la previsión sigue siendo de suroeste, pudiendo alcanzar fuerza 5 o 6 en las próximas jornadas. La idea es dejar la isla de Colonsay, situada al norte de Islay, por babor, navegando por aleta y poner rumbo a la Isla de Mull, y de ahí a Coll. Ésta es la jornada más larga de la travesía, y la más dura, ya que los vientos de suroeste alcanzarán los 30 nudos, y tenemos, además, mar de cara. Por otro lado no llevamos piloto automático. Arriamos el génova y le hacemos dos rizos a la mayor. Y así tiramos millas. Nuestro capitán no quiere desaprovechar el viento que tan favorablemente, aunque algo excesivo, nos sopla de popa, así que la travesía continua de noche, con gran parte de la tripulación con mal de mar. A la mañana siguiente los vientos amainan, y vemos, a babor, cómo se perfila la isla que será uno de los puntos álgidos de nuestra travesía: Coll. Con la bajada del viento el mar se ha tranquilizado, y pronto vemos, a estribor, una aleta, y poco después otra, y otra más... Contamos hasta siete ejemplares del segundo animal marino más grande que existe, después del tiburón ballena. Es el tiburón peregrino, especie protegida en las Hébridas. Además de tiburones, vemos albatros, y los famosos frailecillos, así como alguna foca. No es extraño avistar además orcas y otro tipo de ballenas. Emocionados, decidimos continuar nuestra travesía, acompañados de un viento de unos 15 nudos. Ponemos rumbo al Noreste hacia Muck, donde haremos noche en una bahía bien protegida. Ésta nos ofrece una perfecta panorámica de la pequeña y desierta isla, verde y con rebaños de ovejas, y un castillo frente a nuestro barco.
A la mañana siguiente, después de una tranquila y reparadora noche y un magnífico desayuno, ponemos rumbo a la isla de Rum. Llevamos a bordo una cocinera a la que echaremos de menos, Rachel, que nos hornea pan cada día. En Rum visitamos el castillo de Kinloch, en el que se ofrecen visitas guiadas. Cuenta con un albergue en el que se puede pernoctar. Ésta es nuestra última parada antes de poner rumbo a la Isla de Skye, donde acaba nuestro viaje.
El precioso pueblo de Carbost, en la isla de Skye, es, mal que nos pese, la última parada de nuestra singladura. La más grande de las Hébridas es conocida por sus altas cumbres y las brumas que las cubren frecuentemente, no en vano recibe el nombre de “Misty Island”, o “Isla de la Niebla”. Su costa está formada por una serie de penínsulas que dan lugar a profundas bahías, corredores de entrada que hacen la llegada aún más impresionante. Como lo son los picos de la cadena montañosa que domina la isla, llamada Cuillin, una de las más importantes de toda Escocia y que atrae a numerosos alpinistas. Si bien sus picos más altos apenas alcanzan los mil metros, se alzan de manera muy abrupta y vertical. Un paraíso del excursionismo, al que nosotros renunciamos porque una singladura sin winches y con vientos como los que hemos vivido, nos parece deporte más que suficiente. Skye es la guinda a un viaje que permanecerá en nuestro recuerdo para siempre, y que, una vez en la península, nos podrá parecer irreal. La irrealidad de la Europa más virgen.
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