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GRECIA EN FLOTILLA: RACIÓN DOBLE

Yate nº 488

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A Ricard le gusta hacer las cosas a lo grande, así que alquiló dos veleros para realizar junto con sus amigos un recorrido de dos semanas por las islas griegas. Este es el relato de la travesía.

Agradecimientos a: Ricard

Yo estaba encargado de coordinar la ruta y patronear una de las embarcaciones; la otra la mandaría Ricard que, aunque no conocía la zona, había sido propietario de algunos veleros y tenía experiencia como patrón. Llegué a la marina Alimos, la gran marina a las afueras de Atenas, un día antes de la partida para revisar y avituallar las embarcaciones. Una vez comprobados los equipos de a bordo, hechos los trámites de alquiler y realizadas las compras, me aseguré que estuvieran todas las cartas y extendí una general del Egeo sobre la mesa. Dos semanas de navegación por el Egeo dan mucho de sí; el abanico de rutas y combinaciones es francamente extenso. Mi cabeza barajaba diferentes opciones: cruzar el Egeo de un extremo a otro pasando por las Cícladas, remontar los vientos del norte hacia las Espordas o descubrir la poco transitada costa del Peloponeso cala a cala. Resolví irme a dormir y tomar la decisión por la mañana, con el parte metereológico actualizado.

RUMBO A LAS CÍCLADAS
Llegó la mañana y Ricard con sus amigos, un total de 15. Antes de embarcar, nos dirigimos al bar Skippers, el bar de la marina Alimos, punto de encuentro de patrones y marineros del puerto. Quería hacer un breefing con todo el equipo para explicar las normas básicas de conducta a bordo y, en general, una puesta en común de las dudas o preocupaciones que planteaba la tripulación. Una de estas preocupaciones era el Meltemi, el viento del norte que se instala en el Egeo durante los meses de verano; ya fuera por internet o a través de amistades, los amigos de Ricard habían oído hablar de este viento, bien conocido por los navegantes en esta zona del Mediterráneo. Según el parte de la mañana, el Meltemi bajaba de intensidad durante unos días, lo cual nos permitiría visitar las Cicladas sin viento excesivo. Hablamos del reparto de tareas de cocina y limpieza, del uso de los lavabos, medidas básicas de seguridad y todas estas cosas. Aparentemente, una de las tripulantes había participado en varias regatas lo cual podría ser de gran ayuda en la tripulación de Ricard... o quizás no. Nos distribuimos en los dos veleros y soltamos amarras. Eran las 11 de la mañana de un día de agosto cuando los dos veleros salían de la Marina Alimos. Sacamos todo el trapo y en pocos minutos nuestros veleros, dos Bavaria 47 del 2002 exactamente iguales alcanzaron su velocidad de crucero.
Nuestra primera etapa nos llevaba hasta la isla de Kea, una de las Cicladas occidentales y puesto que el rumbo pasaba por el cabo Sunión, donde se encuentra el Templo de Poseidón, paramos para comer y tomar un baño. Poseidón es el Dios griego de los mares, hijo de Cronos y protector de los navegantes; un buen sitio para hacer una ofrenda. El templo fue construido más de 400 años antes de Cristo y, aunque no sea el mejor conservado, su visita merece la pena. Por la tarde levamos anclas y pasado el cabo Sunión, entrábamos propiamente en el Egeo que nos recibió con viento fresco del norte; la isla de Kea se perfilaba en nuestras proas. A alguien se le ocurrió la idea y llamó por la VHF: -“Plupp I... Aquí Plupp II. ¿Hacemos una regata hasta la entrada del puerto de Kea? El último paga la cena. -De acuerdo ¡vamos allá! El desafío activó a la tripulación, que pasó de estar tumbada en cubierta en actitud contemplativa a situarse en las escotas y a la banda de barlovento. Por la noche, intercambio de impresiones y risas, sentados en una terraza del puerto de Livadhi, degustando musaka y satziki. Durante la cena, Ricard me comentó confidencialmente y algo preocupado que la tripulante “regatera” no sabía ni lo que era una escota, que se mareaba como una sopa y que no era capaz de colaborar en nada. En un velero es inútil pretender ser algo que no somos; la convivencia es muy estrecha, los problemas de carácter se magnifican y las máscaras caen solas. No era cuestión de darle más importancia. Nuestra siguiente jornada consistió en una corta navegación de 20 millas hasta las isla de Kithnos, con parada técnica (comida y baño) a mitad de camino, en la bahía de Kavia, en la costa suroeste de la isla. Por el momento, el Meltemi se mantenía por debajo de su intensidad habitual en estas fechas, permitiendo navegaciones relajadas, aunque sabíamos que la calma no podía durar mucho.

LLEGÓ EL MELTEMI
Entramos en el puerto de Kithnos casi de noche. El barómetro había bajado y el viento empezaba a soplar; y en el puerto no había un solo amarre libre. Ricard no se lo pensó mucho y tomó la opción acertada; con la técnica del supositorio consiguió atracar en punta, ancla por proa y amarras al muelle en un espacio que parecía imposible. Yo abarloé el velero al muelle pesquero, a sotavento del puerto, en un rincón que no me dejaba nada tranquilo, al lado del velero de unos franceses. Fuimos a cenar a una terraza delante del amarre para tener controlado el velero pero no llegamos al segundo plato. El viento había ganando intensidad hasta el punto de hacer peligrar la embarcación, aplastándola contra el muelle a pesar de las defensas. La maniobra tuvo su riesgo pero afortunadamente pudimos despegar el velero del muelle sin romper nada; atracamos en el espacio que había dejado libre el ferry y regresamos al restaurante a comernos el entrecot frío y contemplar como el viento y el mar machacaban el velero francés contra el muelle.

A la mañana del siguiente día salimos rumbo a Serifos, a 15 millas de distancia. El Meltemi estaba establecido en mas de 20 nudos y esto implica estar preparados para rachas por encima de los 30 nudos al paso por cabos o entre islas, donde el viento se canaliza y toma intensidad. La travesía fue rápida y llegamos sin contratiempos a Serifos. Encontramos un buen amarre en el puerto de Livadhi y fuimos a visitar la chora o pueblo principal, uno de los mas bonitos de las Cicladas. Las choras solían construirse en el punto mas alto de la isla para acechar la llegada de los piratas y desde luego que de lo alto de Serifos, a 585 metros de altura, el horizonte que se alcanza es espectacular. Sifnos fue nuestra siguiente parada. Fuimos a atracar directamente a Kamares, el puerto principal de la isla; se trata de un pequeño puerto rodeado de altas colinas y, aunque carece de encanto, es un punto ideal para realizar excursiones alrededor de la isla. Y esto es lo que hicimos el día siguiente; alquilamos unos coches y dedicamos todo el día a explorar la isla. Kastro, el pueblo medieval y Apolonia, la capital de la isla, son visitas que no dejan a nadie indiferente. La siguiente etapa sería la mas larga de nuestra travesía. Acostumbrados a recorrer 20 millas al día con parada para comer, las mas de 90 millas que separan Sifnos de Monembasia nos parecían una travesía transoceánica. La tarde la dedicamos a preparar la comida para no tener que cocinar durante la travesía e hicimos coincidir la partida con la salida del sol. La primera mitad de la travesía resultó bastante incomoda, con vientos de proa y mar de fondo del norte. A mediodía el viento se fue estableciendo del norte y pudimos avanzar con mas velocidad, con los veleros bien apoyados sobre el costado. Empezaba a oscurecer cuando llegamos a Monembasia. El puerto estaba a tope así que tuvimos que fondear en la rada. Bajamos a tierra con las neumáticas y fuimos directos al Café Kastro, el restaurante de Janis, un buen amigo griego casado con una pamplonica; su especialidad es el pulpo a la brasa, su simpatía y su buen hacer. Monembasia es otro de aquellos puntos del viaje que bien merece un día entero para poder visitar el pueblo y los alrededores. Kastro, el pueblo de origen bizantino, esta construido sobre una inmensa roca que parece caída del cielo. No podemos perdernos la oportunidad de pasear por las laberínticas calles de este hermoso pueblo medieval.

DOS VELEROS MEJOR QUE UNO
El echo de navegar en flotilla (dos barcos o mas), añade un componente de seguridad y otro de diversión al viaje. Esta claro que esto dependerá del presupuesto y del número de tripulantes, pero si se dan las circunstancias, es una buena fórmula. Las embarcaciones se pueden ayudar entre sí en las maniobras de atraque y desatraque y si surgen problemas siempre se puede contar con apoyo. Luego están los clásicos “piques”; cuando las condiciones son buenas, se pueden organizar regatas entre los veleros lo cual aumenta la motivación entre la tripulación.
LA RUTA
Las aguas del Egeo ofrecen innumerables opciones que se deben tener en cuenta, entre ellas las condiciones meteorológicas en el momento de plantear la ruta. El Meltemi marca el protagonismo de este mar y es con quien debemos consultar a la hora de programar el viaje. La ruta aquí descrita, puede realizarse con vientos de través o portantes casi en su totalidad. En la zona del Egeo predomina el ya mencionado viento del norte, el Meltemi, que nos permite navegar hacia el este, hacia el sur y luego al oeste. Una vez en la costa del Peloponeso, estamos protegidos del viento del norte y las brisas térmicas del mediodía, nos ayudaran a remontar la costa para regresar a Atenas. En la zona del golfo Sarónico es donde pondremos a prueba los motores ya que se alternan brisas débiles con encalmadas. Desde el punto de vista cultural y paisajístico, este viaje ofrece un interesante contraste entre Cicladas y Peloponeso. Las Cicladas con su paisaje sobrio y poderoso, de islas rocosas con pueblos de casitas blancas, con la ermita en lo mas alto. La costa del Peloponeso es mas verde y montañosa, con una arquitectura con influencias bizantinas y venecianas. Un viaje así no puede defraudar.

LA COSTA DEL PELOPONESO
La siguiente parada, Yerakas, es también obligada; a tan solo cinco millas de Monembasia, una lengua de mar con una entrada estrecha, difícil de localizar incluso si navegamos cerca de la costa, se adentra en la tierra entre altas colinas. Cuatro casas y tres tabernas aparecen detrás de las rocas. Los dos veleros largamos el ancla y dimos atrás hasta el pequeño muelle, haciendo firme los cabos de popa justo delante de la taberna de nuestro amigo Nodas; pedimos las cervezas mientras terminábamos de amarrar... un auténtico lujo. Al día siguiente, partimos de Yerakas rumbo a la bahía de Kiparisi, 15 millas al norte resiguiendo la costa. Las montañas caen hasta el mar y a pocos metros de la costa tenemos fondos limpios con sondas de mas de 40 metros lo cual nos permite navegar pegados a tierra. La brisa térmica de las horas centrales del día llenaba las velas y nos empujaba con suavidad. Entramos en la bahía de Kiparisi; el tibio sol del atardecer teñía de rojo el paisaje. Atracamos con ancla por proa y cabos a tierra; el sol se escondió detrás de las montañas que prácticamente nos rodeaban y nos dejó en medio de la paz más absoluta. Desde Kiparisi regresamos a Atenas haciendo parada en Idra, Poros y Egina, las tres perlas del Golfo Sarónico. Aunque se encuentran en zzona de influencia turística y sus puertos se llegan a sobresaturar cada una de estas islas tiene su propio carácter. Idra, con sus elegantes edificios de mármol, sorprende por no tener vehículos a motor en toda la isla. Dos siglos atrás, poseía una gran flota mercante (algunos libros hablan de 150 embarcaciones). En los años 60, se puso de moda como centro de vacaciones para artistas. Actualmente, durante los meses de verano cada día visitan la isla mas de diez Ferrys, que sumados a la gran cantidad de embarcaciones de recreo y a los taxi boats, convierten el pequeño puerto en un auténtico caos.

Poros tiene un puerto mucho más amplio y si se llega a llenar, siempre tenemos la posibilidad de echar el ancla en alguno de los muchos fondeaderos que hay alrededor de la isla. Ofrece buena protección a los vientos predominantes y bien se merece una visita. Recomiendo el paseo hasta la Torre del Reloj desde donde hay una hermosa vista del puerto. Egina fue nuestra última parada. Después de visitar el pueblo y cenar en una de las tabernas que hay cerca del mercado, nos fuimos a fondear a Ayia Marina, al noreste de la isla y así pasar la última noche.
Por la mañana, después del baño, levamos las anclas y pusimos rumbo a la Marina Alimos. El viento nos dedicó una última ofrenda, quizás para asegurarse de que íbamos a volver: 20 nudos a un descuartelar. Sacamos todo el trapo arriba.
Sonó la VHF:
- “Plupp I, Plupp I, de Plupp II…”
- “Si, adelante para Plupp II...”
- “El último paga las copas!”
Y todos nos pusimos a hacer banda.

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