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DE FRANCIA A VENECIA: RUMBO A LOS CANALES

Yate nº 495

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“La realidad de Venecia supera la capacidad imaginativa del más fantástico soñador”, afirmó de ella el escritor Charles Dickens. También la de los navegantes. En este artículo el autor relata su travesía desde Port Camargue, en Francia, hasta la ciudad de los canales.

Ya hace algunos años que Carlos Carrer se dedica a la náutica profesional y últimamente se ha especializado en el transporte de embarcaciones. Fue él quien me propuso acompañarlo en el transporte de un Sun Magic 44. Mano a mano desde Port Camargue, en Francia, hasta Venecia. Acepté la propuesta; me hacía muchísima ilusión volver a navegar con Carlos y llegar por mar hasta esta ciudad, que el escritor alemán Thomas Mann describió como la “más inverosímil de las ciudades”. El transporte había sido contratado a través de una empresa de compra-venta francesa. Carlos se había ocupado de precisar las condiciones y detalles del contrato. Lo único que no pudo negociar fue el plazo de entrega: el velero tenía que llegar a Venecia en 12 días, un margen de tiempo que no permitía pausas. Estábamos a finales de primavera, que en principio es una buena época para navegar por el Mediterráneo.

Llegamos a Montpellier por la mañana; un taxi nos condujo hasta Port Camargue donde nos esperaba un encargado que nos acompañó hasta el velero, nos entregó las llaves y se despidió. Las siguientes horas las dedicamos a revisar y preparar el velero, cargar depósitos de agua y gasoil, hacer las compras para una travesía de unas de 1.400 millas y estibarlo todo a bordo. La idea era no volver a tomar amarras hasta la marina de St Giorgio Maggiore, Venecia. Trabajamos rápido y zarpamos a media tarde. Fuera de la bocana, el térmico todavía se aguantaba; izamos las velas y paramos motor; empezamos a andar, seis nudos rumbo a Bonifacio. El viento cayó con la tarde; bajamos velas y pusimos motor. Carlos bajó a preparar algo de cena. Por la popa todavía podía verse la silueta de la costa; por la proa, la oscuridad era intensa. Después de cenar organizamos las guardias; las condiciones de mar y viento eran buenas por lo que decidimos hacer guardias de cinco horas. Carlos haría la primera y yo la siguiente. Bajé a la cabina a ordenar mi equipaje, me envolví en la manta y me quedé dormido con el ronroneo del motor.

NOCHE DE CHUBASCOS
Un rayo de luz se cuela por la escotilla y se mueve por la cabina a compás del balanceo del velero; de vez en cuando cruza por mi cara. Salgo de la cama de un salto. El sol ya está alto; miro el reloj: son las nueve pasadas. Carlos está sentado en la bañera, con la vista perdida en el horizonte; ha pasado toda la noche de guardia, sin despertarme y yo me había quedado roque. Sonríe, me dice que todo esta en orden. Bajo a preparar el desayuno. Carlos se va a descansar. Al atardecer estudiamos la situación meteorológica. Los mapas muestran un pantano barométrico que abarca casi la totalidad de la cuenca occidental del Mediterráneo y también marcan una zona de chubascos entre Córcega y Cerdeña; encalmadas y chubascos.
Después de la cena, se levanta una brisa del Norte, muy suave pero suficiente para navegar a vela. Apagamos motor e izamos las velas. La temperatura refresca un poco. Entre la oscuridad se empieza a ver algún relámpago; aunque todavía esta lejos, da la sensación de que el chubasco se acerca. Bajamos a ponernos los trajes de agua y los arneses. Cae un relámpago y al poco rato oímos el trueno. La oscuridad ha cobrado intensidad. El viento empieza a silbar a través de los obenques; el anemómetro marca 22 nudos. Salimos a poner un rizo. Otro relámpago parte la oscuridad en mil pedazos y el trueno suena al momento; ya la tenemos encima. Nos acordamos de una ocasión en la que nos vimos en medio de un chubasco muy violento navegando entre Cuba y la península de Florida y cruzamos los dedos para que esta vez no sea tan extremo. Empieza a llover con fuerza y el viento arrecia. Me voy al palo a tomar el segundo rizo. Abrimos un poco el rumbo para navegar más cómodos. Los 30 y pico de nudos por la aleta se llevan bien. El velero se muestra rápido y seguro bajando las olas. El chubasco pasa en pocas horas y, como si el universo se hubiera reconciliado, las estrellas vuelven a adueñarse del cielo. Nos situamos sobre la carta; hemos pegado una buena mordida de millas; el chubasco nos ha permitido recuperar la media de velocidad. El viento, más suave pero establecido del Noroeste, nos permite navegar a rumbo hacia Bonifacio, nuestro primer waypoint.

LAS BOCAS DE BONIFACIO
Bonifacio nos cede el paso, confirmando la bonanza meteorológica que dan los últimos mapas de superficie que Carlos ha bajado a través de la BLU. Hemos recorrido unas 300 millas en dos días escasos; por el momento llevamos un promedio bueno para cumplir con el timing. A los dos nos encantaría poder hacer una parada en la Costa Esmeralda, ir a cenar a Isla Magdalena o en algún restaurante de Porto Cervo, pero coincidimos en que tenemos que aprovechar la bonanza para cruzar el paso. Si entrara viento fuerte, podríamos quedar atrapados varios días y el tiempo corre en nuestra contra. Así que nos tenemos que contentar con ver como pasan las islas de la Costa Esmeralda mientras comemos un plato de pasta. Ya es de noche cuando dejamos el último atisbo de tierra sarda por la popa; 360 millas de mar Tirreno se nos abren por la proa. A la mañana de nuestro tercer día de navegación, Carlos sube con los mapas de previsión del tiempo; se ha aficionado al programa meteorológico ICS Fax que, a través de un ordenador portátil conectado a la radio de onda media, permite bajar toda la información meteorológica necesaria. El mapa muestra una situación dominada por una borrasca que se desplaza hacia el Golfo de Génova creando las condiciones de Mistral fuerte en el cuadrante sureste del Tirreno, a dos días vista, justamente cuando tenemos previsto nuestro paso por el estrecho de Messina y lo cierto es que cruzar Messina con temporal no debe ser divertido. Volvemos a mirar los mapas y nos situamos sobre la carta: nos quedan 280 millas para llegar al estrecho. Podríamos buscar refugio en Palermo o algún otro puerto del norte de Sicilia.

LA ESTRATEGIA METEOROLÓGICA
Carlos sigue bajando gran cantidad de mapas: de presión en superficie, de interpretación y análisis de viento y oleaje, pronósticos, Meteosat... Todos coinciden en el paso de la borrasca por el golfo de Génova. Y para completar el panorama, el modelo “High wind and sea areas” confirma que la borrasca toma fuerza de temporal. El barómetro ha bajado sensiblemente y el viento de poniente se ha reforzado, cubriendo el cielo de nubes densas. El mar se empieza a formar pero lo cierto es que estamos navegando a muy buena velocidad; con todo el trapo arriba y muy atentos a la rueda conseguimos mantener medias por encima de los ocho nudos. Tanto Carlos como yo coincidimos en la reflexión: tenemos buen viento y el velero responde bien; nuestra velocidad es excelente y tenemos prisa en llegar. Si el tiempo se pone feo de verdad, siempre estamos a tiempo de buscar refugio, sino en Palermo, en las Eólicas. Nos acordamos de un veterano navegante gallego que conocimos durante un cruce del Atlántico. No hacía grandes tácticas meteorológicas; su máxima era: “mientras vamos yendu vamos viendu” y cierto es que le había servido durante muchos años. La última vez que supimos de él, estaba navegando por Filipinas, en plena temporada de tifones. Carlos apaga el ordenador y se pone el traje de agua. La decisión está tomada: intentaremos ganarle la carrera a la borrasca y cruzar Messina antes de que nos alcance. Si la estrategia sale mal... ya veremos.

EMPIEZA LA EMOCIÓN
Ahora, mientras escribo estas líneas y visto con perspectiva de tiempo, puedo decir que las 30 horas que siguieron fueron de lo más emocionantes; de la misma forma recuerdo que en aquellos momentos la emoción iba acompañada de cansancio extremo y, a veces, miedo. El viento no subió de fuerza 8, pero arrastraba mucha mar. El piloto automático se fue al garete en una planeada que estuvo a punto de costarnos cara. Conseguimos controlar el velero y poner un par de rizos. La borrasca no iba a ponérnoslo fácil; la bautizamos con el nombre de “talapu” (si leéis el nombre muchas veces seguidas entenderéis por qué). Con el velero amarinado y sin la ayuda del piloto, cruzamos las Eólicas en plena noche. La noche cedió el paso a una tímida luz que se abría paso por levante, entre la neblina. Entramos en el estrecho como una exhalación, insomnes y casi sin aliento, en una travesía más propia de regata. Y supongo que no es necesario decir que “talapu” nos pegó un buen repaso.

ESTRECHO DE MESSINA: MITAD DEL VIAJE
A pesar de estar con falta de sueño, de una buena ducha y de un plato caliente, decidimos no parar en Messina; seguimos navegando, concentrados en la rueda y las escotas, atentos al intenso tráfico y a los constantes cambios de viento que se producen en el estrecho. ¿Por qué motivo no quisimos detenernos? Sería difícil de explicar. Desde tierra es fácil razonar sobre lo que se debería haber hecho y lo que no. Otra cosa es estar a bordo; en medio del mar, cuanto más rápido va el velero, cuanto más espesa es la niebla, menos tiempo tenemos para grandes reflexiones. Cuando salíamos de Messina, la borrasca ya prácticamente nos había pasado por encima y cuando superábamos el cabo Spartivento o “Punta de la Bota” que marca el extremo meridional de la Península Itálica, la brisa apenas hacía mover el velero. Arrancamos máquina y aprovechamos para poner orden a bordo.

EL ADRIÁTICO Y POR FIN, VENECIA
Cruzábamos el cabo Santa María di Leuca y a través del estrecho de Otranto y entrábamos en el Adriático; empezaba nuestro sexto día de navegación y poco más de 400 millas nos separaban de nuestro destino; llevábamos un promedio excelente y todo parecía indicar que llegaríamos a Venecia antes del tiempo convenido. Los mapas daban bonanza, vientos térmicos cerca de la costa; teníamos suficiente agua y víveres para una semana. Estábamos de acuerdo: no haríamos ninguna parada a no ser que fuera estrictamente necesario.

LA LLEGADA
“Es la madrugada del noveno día cuando enfilamos el canal de Venecia. Lo hemos logrado. Ha llovido durante toda la noche y el día se ha levantado de color gris opaco, cubierto de nubes bajas. Esbozo una sonrisa que más debe parecer una mueca; en nuestras caras se lee el cansancio; a pesar del agotamiento, nos aseamos a conciencia, un buen afeitado y entre nuestras ropas, buscamos una camisa limpia. Queremos entrar a Venecia con elegancia. Es curioso; estamos llegando al final del viaje y nos envuelve cierta melancolía, incluso desasosiego. ¿Es quizás porque nos hemos acostumbrado al ritmo que marca el mar y las guardias o por la armonía que hemos alcanzado con el universo? La recalada marca el final de esta unión con la primitiva naturaleza del mar y el regreso a las prisas, los atascos y la civilización...Pero antes, este espectáculo de palacios y canales que bien merece la pena”.

LLEGAR A VENECIA EN VELERO
Venecia debe ser uno de los destinos más turísticos del mundo. Si se tiene la ocasión de recalar en esta ciudad construida a base de majestuosos palacios y contemplar los palacios de la Plaza de San Marcos atracado en St. Giorgio Marina, se entenderá por qué esta ciudad ha cautivado a tanta gente. La mejor época para realizar esta travesía son los meses de primavera o verano cuando hay mejor climatología y los vientos predominantes suelen ser portantes. Las peores condiciones del primer tercio de la ruta (desde la península hasta Sicilia) son las provocadas por los fuertes Mistrales (vientos del Noroeste) que dominan la zona. Y aunque en el viaje de ida sea viento favorable, debe procurar evitarse, no tanto por su intensidad si no por las condiciones de mar que se crean. Y hay que pensar en el regreso cuando será más fácil encontrar vientos contrarios que pueden dificultar la navegación. Venecia dispone de tres puntos de atraque: punta de la Salute, isla de Santa Elena y St. Giorgio Maggiore. El más recomendable es St. Giorgio Maggiore que, aparte de los servicios básicos de una marina, ofrece una vista espectacular de la ciudad.

LOS PROTAGONISTAS
Carlos Carrer tiene dos cualidades que no siempre son fáciles de conciliar: prudencia y eficacia. Patrón profesional desde hace ocho años. Durante este tiempo, cabe remarcar en su currículo varios cruces del Atlántico y rutas a través de casi todo el Mediterráneo. Dedicado al chárter en un inicio, orientó su carrera profesional hacia los transportes de embarcaciones. E-mail: carloscarrer@yahoo.es. Josep Moll es colaborador habitual de la revista Yate. Dedicado a la náutica profesional desde 1988, trabaja en la actualidad como patrón de salvamento marítimo.

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