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Antesala de Sicilia
El mar azul oscuro está salpicado de borreguillos levantados por un poniente consistente que hace casi 30 horas nos empuja desde Cerdeña. Poco a poco, un triángulo gris rompe el horizonte. El viento va calmando y hacemos las últimas millas mientras la montaña cambia su color, un verde que salpica la roca escarpada. Es la isla de Marettimo. Hemos llegado a Sicilia.
Viniendo del levante peninsular o las Baleares, la ruta habitual hacia las Égadas recala en Carloforte, en el extremo sur de Cerdeña. Después, una vez superado el cabo Teulada, la travesía a Sicilia nos lleva, tras 190 millas, a las Islas Égadas: Marettimo, Favignana y Levanzo. Auténtica antesala de Sicilia.
Marettimo: donde nadie se para
Marettimo es la primera isla que nos sale al paso, a 18 millas de la cosa siciliana. Es una montaña escarpada, casi 700 metros de altura en una isla de sólo cuatro millas de ancho. En su lado norte, ni rastro de civilización, pero después de virar punta Troia, que conserva las ruinas de un castillo construido por los árabes en el siglo IX, aparece el único pueblo de la isla. Un puñado de casas blancas pegadas a la falda de la montaña intentando esconderse de los vientos predominantes.
En mi anterior recalada hace 10 años, la bauticé en mi diario como: “la isla en la que nadie se para”. Entonces no encontramos en Marettimo ni rastro de turismo. Ningún velero en el puerto. Ni un solo bar o restaurante. Sólo un camión de feria con un bar en su interior, instalado en el muelle, daba un aspecto estival al pueblo. En un decenio las cosas han cambiado. Hay un pequeño pantalán, 10 boyas de fondeo, tres restaurantes, algunos apartamentos y carteles anunciando gommoni (neumáticas) en alquiler en casi todas las puertas. Los setecientos habitantes se van espabilando para dejar atrás una vida dura basada únicamente en la pesca.
Pero Marettimo no ha perdido su encanto primitivo. Recalar en las Égadas transporta inmediatamente a un pasado que en la mayoría del Mediterráneo ha quedado atrás hace varias décadas. Mientras arranchamos velas, llega un pequeño ferry del que desembarca un motocarro cargado de frutas y verduras y empieza a recorrer las calles cantando, a través de un altavoz, las excelencias de su mercancía.
El barquero que nos alquila la boya nos ofrece agua para rellenar los depósitos. Nos la sirve desde un grifo de jardín que flota sujeto a una boya. Una manguera de riego, atada a las piedras del fondo con un cordel de rafia, trae el agua desde la costa, a más de 100 metros. Cuando queremos bajar a tierra nos lleva y nos trae un crío de 12 años al mando de un gozzo de pesca. Todo ello al precio de 30 euros para nuestro Bavaria 36.
Para cenar, tres o cuatro restaurantes; “El Pirata” con una agradable terraza frente al mar, sirve cocina típica, pescado y pasta siciliana, a precios que en cualquier capital española parecerían un regalo. De postre, no puede faltar un canolo, barquillo relleno de ricotta (queso fresco) y fruta confitada o chocolate que constituye -junto a la cassatta- la insignia de los postres locales.
Marettimo es muy escarpada y, aparte de su pequeño puerto, no tiene fondeaderos seguros. Si tenemos la suerte de llegar en un periodo de calmas, podremos dar la vuelta a la isla, dejando caer el ancla aquí y allá, bañándonos en rincones de agua cristalina y visitando las numerosas grutas que salpican la costa. Dado su pequeño tamaño, siempre podemos volver a la boya para pasar la noche.
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