ComentarEnviar a un amigoImprimir Textos Leo Corral Fotos E. Díaz
Por precio, por calidad constructiva y por prestaciones, el Astraea 235 Sprinter es una excelente puerta de entrada al mundo del crucero costero. El astillero almeriense suma a su experiencia en pequeñas esloras unos aceptables interiores para un barco de siete metros.
El astillero Astraea, que acaba de cumplir 14 años de historia, tiene su sede en Almería. Si a ello sumamos que el diseñador del Astraea 235 Sprinter es Iñigo Toledo estamos frente a un barco ciento por ciento español. A partir de ello, lo primero que se puede pensar es que estar frente a un velero pensado y realizado por gente que sabe lo que quiere el navegante local, en una eslora donde el mercado no ofrece muchas posibilidades, tiene que ser una ventaja. Si a ello se suma que el coste de los traslados es mucho más representativo en las pequeñas esloras que en las grandes, nos daremos cuenta por qué en cada puerto español hay un Astraea. En la actualidad el astillero que comanda Juan Sánchez construye cuatro modelos: el Albatros y los Sprinter 235, 265 y 295. Todos ellos, como todos los barcos que ha fabricado la casa almeriense desde su nacimiento con la única excepción de un 33 pies del que se construyeron un par de unidades, tienen menos de 30 pies. 
De lo que se desprende, además, una gran experiencia en esta dimensión de embarcaciones. Si tenemos en cuenta que el abanico de la oferta en España comienza a ensancharse a partir de los 30 pies, la base de entrada a la vela de crucero es poco asequible para mucha gente, por lo que iniciarse en el mundo de la vela de crucero no es muy sencillo. Si a ese factor económico se añade que por debajo de los nueve metros de eslora son pocas las posibilidades de habitabilidad que seduzcan al posible comprador, quien quiera desafiar esta tendencia se debe esmerar mucho. En este marco, el Astraea 235 Sprinter pese a algunos detalles que aún debe mejorar, sobre todo en el apartado acabados y estética, parece haberse posicionado bastante bien. Tiene poco que envidiarle en confort interior a muchos veleros de esloras superiores, y si el posible comprador acepta algunas limitaciones de volumen que imponen los 7,20 metros de eslora, entonces podrá sacarle provecho al 12 por ciento que se ahorrará en impuesto de matriculación que podrá destinar a las muchas de las opciones que no entran en el equipamiento estándar de esta unidad.
La roda recta y el suave arrufo contrastan con la elevada caseta que crea visual y físicamente una estética algo voluminosa. El francobordo es alto y la cubierta excesivamente convexa para poder unir borda y tejadillo sin paredes verticales y angulosas. En cuanto a aparejo y jarcia, es un velero que responde a las tendencias actuales: mástil fraccionado sin burdas y con un piso de crucetas atrasadas. Ello hace que disminuya la superficie del génova para favorecer las viradas. El baquestay, tipo pie de gallo, tiene una desmultiplicación adecuada al esfuerzo necesario para su cazado aunque debería elevarse la mordaza de cazado para trabajarla con más facilidad. Cubierta y bañera no están recargadas de elementos ya que toda la maniobra está muy bien pensada y dimensionada. Sin embargo tiene detalles, como las fijaciones de los obenques en cubierta, de barco no excesivamente cuidado. En proa, el balcón es semiabierto para poder pasar cuando se atraca de punta. El pozo de anclas tiene espacio para estibar la cadena, el cabo y un ancla, y hay dos cornamusas, una por banda. En el tejadillo, que como la cubierta de proa tiene buen antideslizante, hay un escotilla que se puede abrir sólo desde el interior. Los pasillos no permiten un paso sumamente cómodo ya que los cadenotes a la banda, la caseta elevada y los carriles de génova con su escota sobre el tejadillo son una combinación complicada de resolver en esta eslora. Los candeleros, de inox, están sobredimensionados al igual que los balcones, lo cual es siempre una buena medida de seguridad. En la base del mástil están las poleas de reenvío de drizas y hay distribuidores de cabos a cada lado. La bañera es, gracias a la longitud de sus bancos, la gran estrella exterior. El largo de los asientos permite estirarse completamente sobre ellos, lo que es infrecuente hasta en barcos de más de 30 pies. El escotero de mayor va amurado a un punto central de bañera y el timonel lo puede maniobrar con comodidad desde cualquiera de las bandas. Se podría colocar un carro de mayor que, si bien mejoraría las prestaciones, no es acorde al programa del barco. Hay un cofre de estiba bajo el asiento de estribor, ocupado íntegramente por el depósito de combustible del fueraborda y la bombona de gas, y dos cornamusas por banda.
El interior sorprende por su volumen. En un barco de siete metros y poco hay un cama doble en el triángulo de proa, dos sofás con una mesa central, un cuarto de baño con pileta y váter, un mueble cocina con encimera de un fuego, fregadero y nevera de hielo, y una conejera doble bajo cubierta. Por si fuera poco, una persona de estatura media puede estar de pie en el interior. La decoración es muy cálida por la abundancia de madera combinada con tapicería de color azul, y la luminosidad adecuada. Hay una escotilla en proa, y un portillo en la cocina, que sumados al tambucho central aportan buena luz y ventilación. En el salón los dos sofás permiten que con la mesa de dos alas abatibles puedan comer cuatro personas con comodidad. Para estiba hay estantes y repisas, además de los cofres bajo los asientos de los sofás, pero en general son pequeños debido a que gran parte de las zonas bajas están rellenas de la espuma que garantiza la insumergibilidad del barco. Las camas son simplemente eso, y no parte de camarotes separados. La de proa es algo estrecha para dos y la de popa algo corta, pero la eslora manda. La cocina se limita al mueble antes mencionado, pero sorprende el baño. Es el único ambiente separado y tiene las mismas dimensiones que las de cualquier 30 pies del mercado. Está claro que no es un derroche de espacio, pero se puede estar de pie y tiene espejo de serie, un pequeño armario bajo la pica y un estante para estiba.
Pese a estar ideado para una navegación familiar, si lo que se quiere es hacer unos bordos, el Astraea puede ser un velero divertido gracias a su maniobrabilidad. El casco se asienta muy bien en el agua y tiene un paso de ola interesante para un barco de siete metros. Además, en una eslora en la que los tripulantes suelen navegar mojados, su elevado francobordo protegerá bastante a los navegantes.
Todo está dispuesto para dar tiempo al timonel a pensar y repensar cada maniobra antes de poder cometer un error. Aunque las exigencias el día de la prueba no eran muchas, ya que había un viento de siete a diez nudos con mar llana, el timón, sorprendentemente fino, respondió fielmente en todos los rumbos y el casco se mostró muy dócil. En ceñida, el génova se cazaba sin necesidad de recurrir a los winches y con las tres personas a bordo el barco no se mostró sensible a los movimientos de pesos. Ello indica un nivel de seguridad interesante para principiantes. Si la tripulación tiene experiencia, la cosa cambia. Será necesario el genaquer para poder arrancarle algo de velocidad. Pero está claro que ésa no es la idea con la que ha sido concebido este crucero costero con el que su propietario, recién iniciado en el mundo de la vela acababa de unir junto a su mujer, también novel en la náutica, su puerto base, en Castelldefels con Tarragona en un fin de semana de tres días.
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