ComentarEnviar a un amigoImprimir Textos Germán De Soler
1. Editorial
Dentro de dos semanas escasas, concretamente el 16 de abril, se inicia en Valencia la tanda de los denominados Round Robin de la Louis Vuitton Cup, la serie de encuentros destinados a seleccionar al mejor barco que competirá contra el actual poseedor del trofeo, el defensor Alinghi, para arrebatárselo.
No cabe duda que la America’s Cup es el mayor acontecimiento de la vela deportiva internacional que han albergado aguas españolas, Juegos Olímpicos aparte. Y no es casual. Todo lo que ha sucedido en España en los últimos años en vela deportiva ha situado a nuestro país en el centro del universo de la vela hasta el punto de que nuestros campos de regata son tan internacionalmente conocidos y valorados, como respetada la flota de alto nivel y quienes en ella compiten.
En cierta medida, esta America’s Cup viene a ser como la culminación de un proceso que se ha gestado durante años, en los que la actividad de la vela depor tiva española ha ido in crescendo en su repercusión en la arena internacional, al unísono con el desarrollo de la vela de crucero. Es algo así como la prueba del nueve de que las cosas se han hecho bien.
Al menos todo lo bien que cabría esperar. Pero la náutica de recreo –y la America’s Cup no deja de serlo- es un sector más complejo de lo que puede parecer a simple vista y en él confluyen muchos intereses: astilleros y fabricantes de equipamiento, inversores, patrocinadores, marinas, clubes...e incluso inmobiliarias. Organizar cualquier evento internacional, llámese regata de club, regata de altura, campeonato mundial de cualquiera de las clases olímpicas o salida de una vuelta al mundo, envuelve la voluntad y la dedicación –a veces demasiado poco recompensada- de mucha gente, de entidades, de empresas, de municipios y también, a través de las estos últimos y de las federaciones, al propio Estado. En esta complejidad se encuentra también la grandeza de la America’ Cup. Todos los países que la han albergado –que no organizado, ya que esto es prerrogativa absoluta de la empresa America’s Cup Management- así lo indica.
Por eso, la America’s Cup va más allá de ser una mera regata organizada por un club o patrocinada por tal o cual empresa. Ahí hay dinero público, hay una enorme inversión en infraestructuras, y por tanto habrá dos saldos a considerar cuando termine. El primero, el de los beneficios en dinero contante y sonante y en infraestructuras para la ciudad sede es ya ahora indiscutiblemente positivo. Basta ver la transformación de la ciudad de Valencia y de su frente marítimo para asombrarse.
La America’s Cup está siendo un elemento de dinamización económica, un motor de cambios profundos y de proyección internacional y de futuro de la ciudad de Valencia.
El segundo es el saldo, una vez acabada la competición, en aquello de lo que hablan todos los aficionados a la vela pero que nadie sabe muy bien cómo se mide: la difusión del deporte de la vela o, ya pervirtiendo un poco el concepto, su contribución a la llamada “popularización de la vela”.
¿Habrá más practicantes-compradores de barcos después de que el vencedor de la America’s Cup se lleve la preciada Copa hacia su país? ¿Habrá logr ado la America’s Cup atraer a más jóvenes hacia la vela ligera? ¿Se habrán creado más amar res asequibles?
¿Se aprovecharán las infraestructuras para crear un centro municipal de vela que acerque este depor te a los ciudadanos? ¿O un centro de alto rendimiento en vela? ¿Les habrá ser vido la America`s Cup a quienes están hoy en ella para consolidarse como profesionales en los puestos de trabajo creados? ¿Cómo se aprovecharán “popularmente” para la práctica de deportes náuticos las zonas creadas con inversión pública? ¿Serán zonas abiertas? ¿Habrá contribuido la America’s Cup a quitar el sambenito de que la vela es cosa de unos cuantos ricos? En definitiva ¿Habrá facilitado el acercamiento de la práctica de la vela al ciudadano de a pie? Esta es otra prueba del nueve que pasar.
1. Editorial
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